Proteger la biodiversidad del Perú es una vocación que, a menudo, pone la vida al límite. En el Parque Nacional Cordillera Azul —una vasta área natural protegida que se extiende por las regiones San Martín, Huánuco, Ucayali y Loreto— los peligros no solo provienen de los madereros ilegales o cazadores furtivos, sino de la propia naturaleza que se busca conservar.
Hugo Arce Antinori, ingeniero ambiental y guardaparque de esta reserva, conoce esta realidad de primera mano. En octubre del año pasado, un patrullaje de rutina lo llevó a enfrentar una de las experiencias más extremas y traumáticas de su vida, una que por poco le cuesta la existencia.

Un patrullaje hacia el peligro
El incidente ocurrió mientras Arce realizaba labores de control en el sector conocido como Ushpayacu. Llegar a este punto no es tarea fácil; requiere una extenuante caminata de siete horas abriéndose paso por la espesura de la selva desde el Puesto de Vigilancia y Control (PVC) 15 Mishquiyaquillo.
Fue en esta remota zona donde la tragedia se desató de manera silenciosa. Durante su trayecto, el ingeniero tuvo un contacto accidental con la oruga venenosa, conocida en la región como «bayuca» o «pollito».
«He tenido la mala suerte, vamos a decirlo así, de tener contacto con seis bayucas», relató Arce en el reportaje televisivo. Estas orugas poseen pelos o espinas altamente venenosas que, al simple roce con la piel humana, liberan potentes toxinas. El efecto inmediato es un dolor agudo, ardor incontrolable, inflamación severa, erupciones y, como en el caso del guardaparque, reacciones alérgicas sistémicas de extrema gravedad.
15 días luchando por su vida
El veneno inoculado por las seis orugas provocó un rápido colapso en el organismo del especialista. Lejos de ser una simple picadura de selva, la emergencia obligó a su evacuación inmediata y posterior internamiento en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), donde permaneció luchando por su vida durante 15 días.
«Gracias a Dios estoy contándola ahora aquí. Generé un grado de coagulación de 8.9, cuando lo normal es 1. Esa ha sido mi mala experiencia dentro de un área natural protegida», detalla el sobreviviente. El drástico trastorno en su sangre lo puso al borde de un desenlace fatal, evidenciando la letalidad que pueden esconder las especies más pequeñas del bosque.
El trauma y la resiliencia
Sobrevivir al veneno fue solo la primera parte de la recuperación; la segunda fue enfrentar las secuelas invisibles. Al recibir el alta médica y tener que reincorporarse a su labor en la reserva, Arce se encontró lidiando con un profundo miedo hacia el entorno que siempre había amado.

«Al principio tuve un tema psicotraumático. Cuando comencé a incorporarme a mis actividades tenía miedo de tener contacto con los árboles», confiesa con honestidad. Sin embargo, el acompañamiento y la recomendación de ir involucrándose gradualmente con su entorno le permitieron superar este bloqueo.
Lejos de rendirse o abandonar su puesto, el ingeniero afirma que estar tan cerca de la muerte le inyectó una nueva determinación. «Al contrario, más bien eso me generó una fortaleza. Ahora seguimos para adelante. Es parte del trabajo. Nosotros como guardaparques estamos aquí expuestos a todo tipo de insectos, animales, roedores, entre otras cosas», concluye.

La historia de Hugo Arce, documentada por Fasanando para Radio Tropical e Inforegión, no solo es un relato de supervivencia, sino un recordatorio del sacrificio que realizan los guardaparques del país. Ellos son la primera línea de defensa de nuestra Amazonía, enfrentando cada día los impredecibles peligros de la selva.
