El 21 de enero de 1968, uno de los episodios más tensos de la Guerra Fría dejó una cicatriz radiactiva imborrable en el Ártico. Un bombardero estadounidense B-52 se estrelló cargado con cuatro bombas termonucleares, esparciendo plutonio-239 sobre el hielo de Groenlandia y alterando para siempre el frágil ecosistema de la comunidad inuit local. Hoy, 58 años después, el legado de aquel accidente sigue resonando.
El vuelo del HOBO 28
El domingo 21 de enero de aquel año, el bombardero B-52G conocido como HOBO 28 despegó desde la base aérea de Platsburgh, Nueva York, para cumplir la misión «Junky 14» sobre el Círculo Polar Ártico. A bordo viajaban siete hombres y un cargamento letal: cuatro bombas termonucleares B28FI, cada una con un poder destructivo equivalente a 1,1 millones de toneladas de TNT, que estaban desactivadas pero listas para usarse.
A las 15:22 hora local, a tan solo 140 km de la base estadounidense de Thule y enfrentando temperaturas de -30 °C, el comandante del vuelo, John Haug, reportó un incendio a bordo. Tras perder el control de la aeronave y con la cabina inundada de humo, Haug ordenó la evacuación mediante asientos eyectables.
A las 15:39, el gigantesco avión se estrelló a 1.100 km/h contra el mar helado, a 12 km de Thule. El impacto encendió 90.000 litros de queroseno, creando un fuego que iluminó la noche polar durante seis horas. Seis miembros de la tripulación lograron ser rescatados, pero uno perdió la vida.

Esta forma de supervivencia los expuso directamente al contacto con pieles y a la ingestión de carne contaminada por el polvo de plutonio-239, un elemento altamente cancerígeno con una vida media de 24.100 años. (Foto: Difusión)
Una limpieza rápida y radiactiva
El impacto desintegró las bombas y provocó la implosión de los detonadores primarios, esparciendo varios kilogramos de plutonio y tritio por el fiordo de Wolstenholme y la isla de Saunders. En el epicentro del choque, un área de aproximadamente 2.000 m², el hielo se derritió y se agrietó.
Las autoridades estadounidenses y danesas lanzaron inmediatamente el proyecto de limpieza «Crested Ice», el cual fue declarado finalizado en un tiempo récord el 15 de marzo de 1968. Para el verano, buques estadounidenses habían retirado 67 tanques con unas 6.000 toneladas de nieve radiactiva, junto con escombros irradiados. La operación se cerró con un mensaje pintado en el último tanque: «¡Eso es todo, amigos!».
El impacto silencioso en los inuit
Sin embargo, para los 538 inuit que habitaban el distrito de Thule en 1968, el peligro no había desaparecido. Al ser una comunidad eminentemente cazadora, su dieta y estilo de vida dependían de focas, morsas, aves marinas y osos polares. Esta forma de supervivencia los expuso directamente al contacto con pieles y a la ingestión de carne contaminada por el polvo de plutonio-239, un elemento altamente cancerígeno con una vida media de 24.100 años.
Las pruebas realizadas por la Comisión Danesa de Energía Atómica siete meses después del desastre confirmaron los temores: se detectaron niveles de plutonio-239 en bivalvos frescos mil veces superiores a los niveles de fondo normales (alcanzando los 296 Bq/kg), y hasta 1.110 Bq/kg en gusanos marinos de fondo. A pesar del alto riesgo que representa la inhalación de este material, nunca se realizó un análisis exhaustivo de las partículas arrastradas por el viento o las tormentas de nieve en los meses posteriores.
El accidente dejó una profunda ironía, plasmada en el informe final del mayor general Richard Overton Hunziker: la recuperación de los restos de una de las tecnologías nucleares más sofisticadas de la humanidad dependió de la ayuda inuit. Fueron decenas de cazadores locales quienes, utilizando sus conocimientos primitivos de supervivencia, construyeron refugios tipo iglú y utilizaron trineos de perros para asistir a los soldados estadounidenses en medio del desierto de hielo radiactivo.
Fuente: Robin Des Bois
